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[21-04-2016] DESDE JUNIO EN FUNDACIONES MAPFRE Y CANAL ISABEL II_ 

Madrid acogerá a partir del próximo mes de junio, las exposiciones del artista japonés Hiroshi Sugimoto y de la fotógrafa norteamericana Vivian Meier.

Hiroshi Sugimoto 

El artista japones Hiroshi Sugimoto (1948), es un fotógrafo que reside entre Tokyo y Nueva York. Ha sido merecedor del Premio Internacional de la Fundación Hasselblad (2001), del Premio Imperial (2009), la Medal with Purple Ribbon (2010), la Officier de la Ordre des Arts et des Lettres (2013) y el Premio Isamu Noguchi (2014).

Si algo caracteriza las fotografías en blanco y negro de Sugimoto es el el uso de la luz natural, las sombras y la pureza de formas, algunas muy próximas a lo pictórico. Ante muchas de ellas, obliga al espectador no sólo a contemplarlas sino a pensarlas; como sus conocidos paisajes marinos, de una inmutabilidad que hace perder la noción del tiempo. Nos invitan a una constante reflexión sobre el origen e historia del mundo y de nuestra cultura donde conceptos como espacio y tiempo son explorados ampliando nuestra formas de percepción. 

Sin preámbulo empezamos nuestra conversación en su austero estudio de Nueva York. Grandes ventanales inundan de luz su despacho presidido por dos fotografías: la rueda sobre sillín de Duchamp y una de sus teatros.

La fotografía del mar en la entrada me ha hecho recordar la gran exposición que presentó en Londres (2012) junto a los cuadros de 1969 de Rothko, un año antes de suicidarse, fue muy interesante. Estas fotografías inducen a la meditación…

Sí, la gente pasa bastante rato delante de mis paisajes marinos, y yo experimenté cierta sensibilidad similar con las pinturas de Rothko. Por eso puse las dos juntas. Sobre todo sus años finales son muy monocromáticos y abstractos, y eran el eco de mis particulares paisajes marinos nocturnos.

 

Vivian Meier

La novela de la vida de Vivian Maier está llena de páginas en blanco. Vivian Maier se llevó su secreto a la tumba, pero dejó más pistas que nadie sobre su identidad escondida. Dejó más de cien mil negativos fotográficos tomados a lo largo de más de cuarenta años y no revelados nunca. Dejó películas en super 8, cintas magnetofónicas de conversaciones con desconocidos, docenas de sombreros, pares de zapatos, vestidos, abrigos, prendas de ropa que solo descartaba cuando estaban muy gastadas pero que no tiraba nunca; dejó facturas, recibos, billetes de tren, entradas de cine, tubos de rollo de película que contenían dientes de leche de los niños a los que había cuidado o monedas o botones o chapas con consignas políticas; dejó cartas guardadas con cuidado en sus sobres de origen después de leídas, y cartas no abiertas nunca; dejó varias cámaras Rolleiflex que había usado para tomar sus fotografías; dejó sobre todo cajas de cartón y maletas llenas de recortes de periódicos y de periódicos enteros, sobre todo ejemplares que tuvieran en la primera página titulares de crímenes, o que contuvieran noticias de violaciones, de raptos, de asesinatos estrambóticos, de desgracias horrendas. Dejó recuerdos variados y contradictorios en las familias para las que había trabajado como cuidadora de niños durante unos cuarenta años, en Nueva York y sobre todo en Chicago.

Todos los dueños de las casas en las que vivió y todos los niños a los que cuidó la vieron siempre con la cámara, pero nadie mostró jamás la menor curiosidad por saber lo que hacía con ella. Tampoco ella hizo, que se sepa, el menor esfuerzo por mostrar el resultado de una tarea en la que ponía los cinco sentidos, que llenaba sus horas de caminatas solitarias por la ciudad en sus días o tardes libres y de la que seguía ocupándose incluso cuando sacaba a pasear a los niños a su cargo.

El secreto de Vivian Maier es doble, porque no se sabe qué la impulsaba a tomar fotos sin cesar ni cuál fue su formación, pero tampoco se sabe por qué eligió mantener secreta una afición que le importaba tanto y para la que tenía tanto talento. En los cajones de papeles y de toda clase de materiales que acumuló Vivian Maier a lo largo de su vida no hay ni un solo testimonio, ni una carta, ni una reflexión, ni un solo indicio de sus ideas sobre la fotografía. Llegó a imprimir solo unos pocos negativos, probablemente por falta de dinero.

Se jubiló ya mayor y dejó casi todo lo que había acumulado a lo largo de la vida en cuartos trasteros o garajes de sus antiguos patronos. En 2007, un historiador aficionado de 27 años, John Maloof, compró más bien por azar unas cajas de negativos que encontró en uno de esos mercadillos que son el recuelo y el último muladar de las vidas anónimas, los almacenes en los que va a parar lo que ya no es de nadie y lo que no quiere nadie, las bibliotecas y las colecciones de los muertos, sus fotos familiares y sus documentos de identidad y sus cartas de amor y los cuadritos que tenían sobre las repisas y los zapatos de charol cuarteados y endurecidos de niños que están muertos.

Fuente _ Diversas Fuentes 

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July 27, 1954, New York, NY

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