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[25-05-20215] ELEGANTE MADUREZ DURANTE MÁS DE DOS HORAS_

Los grandes conciertos de rock suelen alcanzar un momento de plenitud artística y emocional que arrastra a todo el público y que habitualmente coincide con las canciones finales. En el concierto que Nick Cave ofreció anoche en el Palacio Municipal de Congresos, ese éxtasis colectivo, el primero de varios en una noche memorable, llegó en la cuarta canción. Fue una larguísima Higgs Boson Blues cuando el hombre, que deambulaba por el escenario como un ratón encerrado, electrocutado por los versos, increpó al público hasta que varios cientos de personas salieron eyectadas de sus butacas y se pegaron al pie del escenario; el resto se puso en pie, todos hipnotizados por igual.

Se presumía una velada intimista y suntuosa y es cierto que hubo algunos momentos para las baladas de corte clásico interpretadas casi únicamente con un piano de cola en cuyo atril reposaban letras que nada más terminadas eran tiradas por los aires. Pero no fueron esos momentos de calma subyugante los que serán recordados por los algo más de 1.700 asistentes que habían agotado las entradas hace medio año. No.

Cave, con su melenita azabache, con dos anillos brillando como soles en su mano izquierda, con un reloj de anuncio y los cuellos de la camisa desbocados. Cave, escupiendo en el escenario y sonriendo perverso y bromeando sin parar.

Water’s Edge estuvo bien y subió la intensidad con una fantástica Red Right Hand, él mismo poseído por la canción, graznando como un cuervo burlón, azotando el piano y recorriendo sus teclas con manos nervudas como arañas hambrientas, qué arrebato cabrón.

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Y de buenas a primeras saltó y empezó a menearse y a provocar a la gente y a cantar como recitan los predicadores pirados de las películas que retratan el paisanaje gótico del Sur americano. Hacía el baile del látigo invisible a cámara lenta, el de la serpiente con los brazos de goma. Lanzaba rayos láser con la mirada y con la punta de su dedo índice, con el que señalaba a la gente arracimada en esa improvisada primera fila.

La mayoría de los músicos de 57 años que llevan tres décadas estrangulando sus canciones hasta hacerlas aullar como si el rock fuera a morir mañana, deciden ofrecer una gira «intimista» y poner su seco culo a reposar sobre un acolchado banquito frente al piano. Pero Nick Cave no es como todos los músicos. Anoche estaban el culo seco y el acolchado banquito, pero se armó la de San Quintín.

A su alrededor, la mitad de su banda: unos Bad Seeds especialistas en tocar mucho y que suene poco, aptitud especialmente relevante en algunos tramos de ayer, pues de lo que trataba parte del concierto era de que el rockero australiano ofreciera su faceta más «minimalista». Pianismo envuelto en una jerigonza de sustos y pasiones turbulentas, sostenido por el batería Thomas Wydler y el bajista Martin P. Casey, que forman base rítmica de hecho desde 1985, el multiinstrumentista Warren Ellis (guitarra, violín, acordeón, flauta…), lugarteniente oficioso de Cave, y el teclista Larry Mullins.

Durante más de dos horas, el concierto se fue sacudiendo (sacudiendo) en pequeños ciclos de tres canciones que seguían este patrón aproximado:primero algo delicado y profundo, solo al piano o levemente acompañado (con temas como The Ship Song, la fabulosa Into My Arms, Black Hair o The Mercy Seat), luego alguna canción de potencia intermedia que proyectara sombras macabras sobre las paredes del auditorio (Stranger than Kindness, Push the Sky Away, West Country Girl) y cénit con un pandemonio de espumarajos y ruido distorsionado (From Her to Eternity, Tupelo, Jubilee Street, Up Jumped the Devil, Jack The Ripper).

¿Algo huele a chamusquina? ¿Quizá un tufo a tenderete de feriante con pelo engrasado y mirada torva? No con este Nick Cave brioso y desenfadado, poderoso en arranques y finales de canción, determinado en todo momento, convencido de su narrativa de sustos, gárgolas y pasiones turbulentas.

El repertorio se formó mayoritariamente de canciones de hace 20 y 30 años, canciones por cierto que ni se han marchitado por dentro ni han perdido fulgor con interpretaciones tan arrebatadas. A lomos de ese cohete a reacción que es la autoestima, ya sólo le quedaba pasearse entre la gente por las primeras filas, asustando a las jovencitas, dejando con la boca abierta a hombres hechos y derechos, aullándoles a todos en la cara aupado sobre dos butacas de la fila 5, un Elvis posmoderno. «¡El Rey caminará en Tupelo!».

Ea, señoras y señores míos, Nick Cave, algo tremendo.

[Fuente : El Mundo]

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