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[10-03-2014] EL PRIMER DISCO EN SEIS AÑOS DEL ARTISTA CALIFORNIANO_

Como en el título de aquel disco de Morphine, ‘Cure for pain’, hay cierta música que tiene la capacidad de, si no acabar, si mitigar el dolor. El emocional y también el físico. Por ejemplo, ahora mismo millones de células de nuestro organismo se oxidan y se apagan, dejándonos en muchos casos con un rastro, efectivamente, de dolor. Pero es de ese daño de donde nace su antídoto: sólo el que lo ha conocido puede encontrar el camino al bienestar, como Beck en’Morning phase’.

El músico estadounidense se convirtió en uno de los fenómenos de los 90, una referencia de esa amalgama amorfa que se dio en llamar ‘indie’. En España empezamos a oír hablar de él en torno a 1994, cuando tenía 24 años y la MTV comenzó a emitir el vídeo de ‘Loser’, un cruce entre el hip hop blanco de los Beastie Boys y el rock alternativo de la Costa Oeste con aquel famoso estribillo en ‘spanglish’ (“Soy un perdedor / I’m a loser, baby”) que revelaba su procedencia de Los Ángeles, una Interzona con todo tipo de mestizajes culturales.

En 1996 profundizó en aquella esquizofrenia musical con ‘Odelay’, una abigarrada mezcla de ‘samples’, guitarreos de Jon Spencer, ‘hammonds’ ‘funkoides’ y, sobre todo, de grandes canciones como ‘The new pollution’, ‘Where it’s at’ y ‘Devil’s haircurt’, que ampliaron comercialmente su campo de operaciones. Tras el ‘tropicalista’ ‘Mutations’ (1998), en 1999 llegó ‘Midnite vultures’, más Prince, ‘funky’ y bailable, aunque no tan exitoso. Pero, tres años después, ah, una ruptura amorosa y un disco para contarlo, ‘Sea change’ (2002), en clave recogida, folk y preciosista. Nada de ‘samples’, nada de ritmos bailables: sólo la voz de Beck Hansen y algunos ecos electrónicos. Muchos no supieron ver el paso del músico californiano como compositor y el disco recibió alguna que otra cornada de la crítica y de parte de su público. En 2005 las ventas mejoraron un poco con ‘Guero’, su retorno a los ‘samples’ y al sonido chilango.

Sin embargo, ‘Sea change’ ha ido adquiriendo con el tiempo una aureola de disco especial, de hermosa e infravalorada colección de canciones que ni encajaba con el renacimiento del folk que tuvo que lugar entonces ni con las posteriores oleadas que vinieron después. Por eso no extraña que ‘Morning phase’, el primer disco de Beck en seis años (desde ‘Modern guilt’) pretenda ser hermano confeso de aquel otro. Una escucha consecutiva hace difícil, incluso, distinguir las canciones de hace 12 años de las actuales: arreglos de cuerdas igualmente delicados (a cargo, en ambos casos, de David Campbell, padre del artista), zumbeantes ecos en ambos, el mismo equipo de músicos y una sensación de ingravidez permanente.

Al parecer, la mayor parte de estas nuevas canciones surgieron también como bálsamo del dolor. Pero si en ‘Sea Change’ era de corazón, en este caso el origen era algo más prosaico (o no), como una lesión de espalda en 2008. Da igual. Lo mismo cuenta que sea la pena o las drogas analgésicas si el resultado es el mismo: un ‘feeling good’ álbum, que dicen los estadounidenses, y que supone la primera referencia del músico para Capitol Records, tras su ruptura con Interscope. El disco, que sale a la venta la semana que viene, ya puede ser escuchado en su totalidad.

Es verdad que nuestra visión postmoderna de la música hace que arqueemos la ceja ante cualquier cosa que juegue en el excitante y fecundo límite de lo ‘moñas’. Que es lo que hace ‘Morning phase’ desde la inicial ‘Morning’ con sus armonías vocales, sus colchones de sonido y sus cuatro punteos aquí y allá. Beck ha hecho un disco que tiene mucho de ese ‘feeling’ del pop californiano atemporal de Love yThe Byrds, pero también de Simon & Garfunkel y Nick Drake. Lo cual no quiere decir que las canciones suenen necesariamente a ellos, sino que comparten ese espíritu de querer alternar la desnudez y el arropamiento del pop puro.

Heart is a drum’, con su filosofía ‘Beat connection’ (LCD Soundsystem), ‘Say goodbye’ y ‘Blue moon’ (que convencerá a los fans del último Bon Iver) encadenan una espectacular terna de temas que ya por sí solos hace que valga la pena el disco: donde en ‘Sea Change’ todavía había un rostro de neblina aquí luce un sol tenue y perezoso, de una mañana de verano, capaz de matar cualquier virus y melancolía. ‘Wave’ recuerda las producciones de Nigel Goldrich para Radiohead y ‘Country down’ hace honor a su nombre con una genial recuperación para el pop del ‘pedal steel’ y otros elementos ‘rednecks’, para acabar con una inmensa ‘Waking light’. Un viaje que no logra poner freno a la muerte, aunque haga más llevadero el inevitable camino hacia ella. Y para los que desconfíen de estos bálsamos, el rubicundo cantante ha prometido un segundo disco para este año, más de sudar los virus y las penas bailando.

[ Fuente _ El Mundo ]

http://bit.ly/NrInHq

Beck_MP_Cvr_MINI_5x5_FNL

 

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